"Bueno pues ya me despido
si te mola me contestas,
espero que mis palabras,
desordenen tu conciencia."
El final de un proyecto que nunca tomó forma y, a pesar de ello, insistimos en recuperarlo una y otra vez, desgastándonos y exasperándonos. Es curioso, a veces tenemos que aprender a desistir, a dejar morir, a aceptar que nos han ganado la batalla por muy duramente que hayamos peleado o trabajado por ello. La resistencia nos hace fuertes, nos demuestra de lo que somos capaces. Sin embargo, la desesperanza nos hunde y no nos deja vislumbrar la luz al final del túnel. Puede haber finales que se precipitan sin intuirlos y otras veces los finales se alargan como el chicle.
No hay nada como tú
Hoy varias personas me han dicho eso de “¡Feliz navidad!” y yo he contestado cada vez “sí, sí, que pasen pronto” y han puesto un gesto parecido a una sonrisa cuando han escuchado la ocurrencia. Hasta mi compañera de trabajo se ha reído por lo bajo cuando oyó en una de esas ocasiones mi contestación al teléfono.
A veces necesitas perder algo para valorarlo más después, sí, es una pena que tengamos ocasiones en que funcionemos así. Eso ocurre también con la rutina, ésa cosa abstracta de la que siempre nos quejamos y necesitamos romper de vez en cuando, para reconquistarla más tarde con mayor ansia. Porque sin la rutina, todo se diluye en un camino que no se sabe a dónde va, en mucha incertidumbre y mayor grado de inestabilidad, si cabe.
A veces tengo la sensación de que la vida es una broma pesada que nos han gastado y hay alguien, no sé dónde, partiéndose de risa, observando con perversa diversión cómo nos las apañamos con las diferentes situaciones que provoca, como si esto fuera una especie de “Show de Truman”. Comentaba el engreído fraile o cura o lo que sea que bautizó a mi sobrino [¿qué le vamos a hacer? No pude convencer a sus padres de lo contrario, pero el pequeño está tranquilo, le prometí que de mayor apostataríamos juntos y dejó de llorar, jeje] que no había conocido a ningún ateo convencido. Creo que delante, en ese mismo instante, tenía a varios, aunque tampoco podría asegurarlo, sólo puedo hablar por mi, que abandoné la fe cristiana hace mucho. No creer en ningún dios causa a veces cierta angustia, porque significa que los humanos estamos “abandonados” en el mundo a nuestra suerte y eso, mucha gente, no lo puede admitir, le origina gran desasosiego y vacío. Yo también lo siento a veces, porque somos un auténtico desastre, si viniera a visitarnos un extraterrestre, saldría corriendo del planeta Tierra despavorido ante tanto sinsentido. Después de todo, creer que efectivamente hay algo sobrenatural o sobrehumano, tendría que concebirse como un ser vengador, agresivo y burlón, que se ríe de todo cuanto nos pasa, que permite que ocurran cosas desgarradoras, poniéndonos a prueba constantemente y eso sí que no es tolerable. Tal que así, como si fuera alguna de las vías que Santo Tomás pretende utilizar para probar la existencia de su Dios, es esta explicación alternativa para mi (una de ella, tengo más) de que no lo hay. Y me da igual que haya un paraíso esperándome en otro sitio, yo quiero el paraíso aquí, dios no debería hacer chantaje emocional. ¡Y a los creyentes se lo hace!
Qué lindo que es soñar,
A todo el mundo le gustaría desaparecer del mapa en alguna ocasión, esa sensación de sentirse excesivamente limitado, enjaulado. Y no ser ni estar, demandar un paréntesis en la existencia humana, ésa que a veces incita a que se te llenen los ojos de lágrimas, sin tener siquiera claro el por qué, cuando te invade el sinsentido. Y otras veces, esa misma condición, te estimula ante cualquier pequeño detalle y descubres que aún es pronto para darse por vencido.