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miércoles, 20 de abril de 2011

20 de abril del 90

"Bueno pues ya me despido
si te mola me contestas,
espero que mis palabras,
desordenen tu conciencia."

lunes, 15 de noviembre de 2010

Tristes, tristes finales


Los finales son tristes, excepto cuando se trata del final de una enfermedad, de una condena  o de una crisis, que contiene entonces una sensación liberadora. Cuando las cosas negativas no tienen conclusión y se intuye que lo adecuado es romper con lo que nos frustra y nos atormenta, el epílogo se descubre como un algo redentor, que nos absuelve del dolor vivido.

El final de un proyecto que nunca tomó forma y, a pesar de ello, insistimos en recuperarlo una y otra vez, desgastándonos y exasperándonos. Es curioso, a veces tenemos que aprender a desistir, a dejar morir, a aceptar que nos han ganado la batalla por muy duramente que hayamos peleado o trabajado por ello. La resistencia nos hace fuertes, nos demuestra de lo que somos capaces. Sin embargo, la desesperanza nos hunde y no nos deja vislumbrar la luz al final del túnel. Puede haber finales que se precipitan sin intuirlos y otras veces los finales se alargan como el chicle.

Sin fuerzas ya, aceptamos la derrota en la batalla, abrumados y desarmados, agotados después del esfuerzo, sin ganas, sin compensación por lo aportado. 
Pero un nuevo abanico de posibilidades se presenta después del duelo: las puertas se cierran y se abren.

martes, 5 de octubre de 2010

Sin título

Observaba la ropa que aún colgaba en el armario. Todas esas perchas rellenadas con camisas, faldas y pantalones que iban desapareciendo poco a poco, con el paso de los días. Recorría la casa buscando señales que le auguraran que ella aún se quedaría. Pero cada vez que lanzaba una mirada al aire del salón, podía oler los suspiros exhalados de ella cada vez que introducía una de sus pertenencias en la maleta.
-¿Volverás?-
-No lo sé- pronunció sollozando.

"No lo sé" se había convertido en la respuesta estrella desde hacía semanas, ojos huidizos, escasa palabras. Dolor, culpa, desazón.

Ella deseaba regresar a un hogar que rompía por iniciativa propia, decirle de repente "Lo siento, todo ha sido una broma de mal gusto. Perdóname, me quedo a tu lado" y fingir que nada había sucedido, en ningun momento, que nada se había desgarrado entre ambos. Pero le parecía absurdo... cargó sus maletas y se fue, con los ojos acuosos, unas lágrimas ácidas que le quemaban la cara y le hinchaban los párpados.

Cuántas veces, al volver del trabajo, se había quedado en el coche un rato más porque eso era mejor que llegar temprano a casa, donde le faltaban palabras que ella misma tampoco pronunciaba, donde respirar se iba convirtiendo en una tarea pesada. Había vuelto a fumar. Él lo sabía pero nunca dijo nada. Olía su aliento al llegar a casa, cuando le saludaba con un beso en la mejilla. Notaba como ella contenía la respiración cuando se acercaba a él.

La necesidad de libertad se iba agrandando, descarada, azotando todo a su paso como una marea incontenible, que no se detiene a considerar lo que arrastra.
-¿Libertad para qué?-
No lo sé-.

sábado, 18 de julio de 2009

Aflicción

No hay nada como tú
probablemente nada como tú.
Si te quieres ir
adelante, vete si te quieres ir.
Yo no se que haré,
me vendaré el corazón.
Espero que el parador
no cierre los inviernos.
Quizá haga frío en la playa
y alguien cubra mis piernas con una manta.
Quizá me susurren al oido
y me cuenten historias de piratas.
A lo mejor me gustan,
pero no serán las tuyas.
En las que nunca sé el final
callado por mis besos.
En las que nunca sé el final
callado por tus besos.
Y espero que el parador
no cierre los inviernos.
Espero que el parador
no cierre los inviernos.
No hay nada como tú.

No hay nada como tu (soberbia). Esclarecidos


Qué pocos favores nos hacen los mitos, la creencia sobre las entregas incondicionales, los valores de lo eterno, los modelos sociales a seguir, las fábulas, las ilusiones… Si es que nos lo creemos todo ingenuamente. Es posible tropezar más de una vez con la misma piedra, aunque el tropiezo sea distinto, unas veces te falla la pierna derecha, otras la izquierda y otras veces, simplemente, no viste la piedra y fue sin querer (evitarlo).

No hace mucho, ví una película titulada Stardust (Matthew Vaughn, 2007), llena de mitos románticos, una historia fantástica, entretenida, con una atmósfera similar a El Señor de los Anillos en cuanto a fantasía de los personajes y las tomas de los paisajes. En ese mundo recreado, diferente al nuestro, las estrellas caían del cielo en forma de mujer, mujeres guapísimas, que ni siquiera se despeinaban con la caída desde lo más alto del universo; con melenas rubias infinitas bien cuidadas y que brillaban con el sentimiento del amor. También había brujas sin escrúpulos, que deseaban y envidiaban los valores de belleza y juventud que les podía brindar el corazón de la mujer-estrella. Había un chico, mucho más normal estéticamente, porque ya se sabe que no tienen que ser tan espectaculares, a ellos les sirve con ser valientes y gentiles, que se enamoraba de la estrella. Tenía su gracia pero la peli atufaba a esterotipos, a sexismo, si es que hasta me provocó tristeza. Tanto trabajo de desconstrucciones de género, de echar por tierra ideales trasnochados, esteretipados, mitos romáticos... y ¡zas! En un momento, ahí los tienes todos juntos, haciéndote heriditas porque claro, nunca vamos a ser tan guapas y delgadas como la protagonista, nunca nos pasará esa historia de amor tan irrepetible, ni brillaremos...

Por eso hay que hacer un ejercicio de más valentía aún que el bizarro protagonista del cuento, de autoaformación para no creerse nada sobre estrellas preciosas ni sobre muchachos valerosos que protegen, ni hechizos de magas malvadas.

Igual no quiero creerme nada que no pueda comprobar por mi misma en el mundo terrenal, como las promesas que no toman forma, ni el futuro que no construyes a pachas, ante palabras que no dejan silueta nítida en los hechos.

Cuántas veces nos hemos sentido Brigted Jones aterrizando en lo real forzosamente y, por ejemplo, los viajes idílicos que imaginabas se convierten en algo difícil de consensuar por fechas, obligaciones, trabajos, ¿falta de ganas?; y los cuentos tienen finales más dramáticos donde lloras cuando abandonas las llaves sobre la mesa y donde necesitas elaborar el duelo ante lo perdido pensando si en algún momento pudiste cambiar el final… Cuántas veces nos comparamos con aquellos que sí que tienen lo anhelado.

Mientras unos a tu alrededor dan pasos de gigante, importantes, más o menos convencidos por aquello que sienten, tú te quedas como una hormiga, pequeña, poco agraciada, mediocre, cerca del hormiguero por el miedo a errar, tal vez perdida sin encontrar el camino de vuelta al subterráneo.

No quiero conformarme con "lo normal”, pero tal vez sea lo único que exista. Como decía la Yeye, idealizamos, pero a veces necesitamos creer que no hay nadie como nosotros, que la magia existe, que no hay nadie como tú.



sábado, 23 de mayo de 2009

Hablo de tu soledad

Hablo de tu infinita soledad
dijo el fulano
quisiera entrar al saco de tu memoria
apoderarme de ella
desmantelarla desmentirla
despojarla de su último reducto.
Tu soledad me abruma/ me alucina
dijo el fulano con dulzura
quisiera que en las noches me añorara
que me echara de menos
me recibiera a solas.
Pero sucede que/dijo calmosamente la mengana/
si tu bendita soledad
se funde con la mía
ya no sabré si soy en vos
o vos terminás siéndome.
¿Cuál de los dos será
después de todo
mi soledad legítima?.
Mirándose a los ojos
como si perdonaran
perdonarse
adiós
dijo el fulano;
y la mengana
adiós.



Mario Benedetti

Hay pocos como él, que cuando escuchas sus letras a veces es como si las hubiera escrito para ti, haciéndote sentir especial, que te trasladan, alguien con quien te sientes comprendida, como un amigo. Y que hace tan especiales los acústicos, las cadencias de los acordes del piano... Música para momentos de tristeza, pero también para enfrentarla y olvidarla en un rincón cuando ataca ("ahí donde me recreo").
Muy machacado por las circunstancias que eligió en la vida, nos deja un sinfín de temas recurrentes de los que podremos disfrutar toda la eternidad.
En un día como hoy, en el que la lluvia acompaña su recuerdo, La Gramola guarda un pequeño resquicio de Antonio Vega, mi humilde homenaje a este hombre que ha puesto banda sonora a muchos momentos de mi vida y de quien descubrí la más preciosa versión de "Me quedo a tu lado", tema compuesto por Los Chunguitos y que conocí en el cierre de un concierto de Manu Chao. Letra que me llama poderosamente la atención por la insólita capacidad de entrega del autor:
"si me das a elegir
entre tú y mis ideas,
que yo sin ellas
soy un hombre perdido,
¡ay amor!
me quedo contigo".

lunes, 22 de diciembre de 2008

Tonada navideña

Hoy varias personas me han dicho eso de “¡Feliz navidad!” y yo he contestado cada vez “sí, sí, que pasen pronto” y han puesto un gesto parecido a una sonrisa cuando han escuchado la ocurrencia. Hasta mi compañera de trabajo se ha reído por lo bajo cuando oyó en una de esas ocasiones mi contestación al teléfono.
-¡Qué macarra!-
-¿Yooo? Los macarras son ellos que dicen frases hechas sin ningún sentido.
Creo que con la próxima persona que me diga feliz navidad me pondré agresiva, con tanta felicidad saliendo de los poros de esta ciudad, no puedo pensar con claridad. ¡Apelo a mi derecho a estar triste! No sé por qué, si dicen que éste es un país democrático, no se respeta a las minorías a las que no nos gusta la navidad, que no disfrutamos cantando villancicos y a los que la melancolía nos abrasa, estos días más que otros. Bueno, lo primero habría que realizar un estudio social y averiguar si realmente somos minoría o, por el contrario, cada año somos más, pero muy aislados y poco organizados. Si fuéramos conscientes de la gran mayoría en la que nos estamos convirtiendo, entonces podríamos emprender una gran agitación social que derrocara las fechas navideñas del calendario y suprimiera las tradiciones católicas de este país “tan laico”, jeje.
Lo mejor de las navidades es el día 5. No porque sea la víspera del Día de Reyes, sino porque por fin se ve un destello al final del túnel y sabes que en dos días se evaporarán todas las luces excéntricas de la ciudad, recuperarás tu compás de siempre, tal vez feliz o desdichado, pero sin la obligación de una cosa ni de la otra, como parece que transmiten estas odiosas fiestas. Ah, y también comenzarán los anuncios en todos los comercios invitándote a continuar consumiendo sin ton ni son, porque tienes que aprovechar las oportunidades. Bien, el sistema neoliberal continuará su ritmo.
Puede que mi reacción sea, después de todo, una respuesta a la oleada social general, que mi padre siempre me dice que a contracorriente nunca es fácil y yo me empeño una y otra vez, año tras año, deseando que estas terribles celebraciones hagan sus estragos lo antes posible para poder retomar tranquilamente lo cotidiano, sin luces que te deslumbren sin razones aparentes, ni canciones absurdas que la gente corea después de emborracharse, ni celebraciones católicas a las que atender si uno no quiere.
En su lugar, podría instaurarse la celebración del solsticio de invierno que, al menos, eso sí es un hecho objetivo.

viernes, 12 de diciembre de 2008

RUTINAS

A veces necesitas perder algo para valorarlo más después, sí, es una pena que tengamos ocasiones en que funcionemos así. Eso ocurre también con la rutina, ésa cosa abstracta de la que siempre nos quejamos y necesitamos romper de vez en cuando, para reconquistarla más tarde con mayor ansia. Porque sin la rutina, todo se diluye en un camino que no se sabe a dónde va, en mucha incertidumbre y mayor grado de inestabilidad, si cabe.
Perder para valorar (revalorar) y, si puede ser, recuperarlo. Como consecuencia, la esperanza, pero también los inicios de nuevos miedos hacia aquello a lo que nos volvemos con una mirada diferente.
Otra vez Benedetti, que últimamente me da por la poesía:

1
El mundo que respiro
huele a basura fértil
a memoria de incienso
a nafta y a macdonald

El aire llega mustio
sin nadie que lo sople
sin ingenios en flor
ni ráfagas de tango


O ni siquiera llega
entonces respiramos
la bocanada oscura
del tiempo transcurrido

Por sus lentas razones
por su falsa alegría
el mundo que respiro
es ceniciento y lánguido

2
El mundo que respiro
es de nadie/ es de todos
me ahoga o me libera
me exige/ me conmina
me agobia con noticias
con odios/ con ternura

El mundo que respiro
trae provocaciones
indultos y milagros
me llena los pulmones
de ráfagas que ignoro
pero nunca es el mismo

El mundo que respiro
tiene quejas de mártires
mensajes de suicidas
explosiones de júbilo
y no obstante
vivo porque respiro

El mundo que respiro
. Mario Benedetti

domingo, 7 de diciembre de 2008

Tan cerca, tan lejos

A veces tengo la sensación de que la vida es una broma pesada que nos han gastado y hay alguien, no sé dónde, partiéndose de risa, observando con perversa diversión cómo nos las apañamos con las diferentes situaciones que provoca, como si esto fuera una especie de “Show de Truman”. Comentaba el engreído fraile o cura o lo que sea que bautizó a mi sobrino [¿qué le vamos a hacer? No pude convencer a sus padres de lo contrario, pero el pequeño está tranquilo, le prometí que de mayor apostataríamos juntos y dejó de llorar, jeje] que no había conocido a ningún ateo convencido. Creo que delante, en ese mismo instante, tenía a varios, aunque tampoco podría asegurarlo, sólo puedo hablar por mi, que abandoné la fe cristiana hace mucho. No creer en ningún dios causa a veces cierta angustia, porque significa que los humanos estamos “abandonados” en el mundo a nuestra suerte y eso, mucha gente, no lo puede admitir, le origina gran desasosiego y vacío. Yo también lo siento a veces, porque somos un auténtico desastre, si viniera a visitarnos un extraterrestre, saldría corriendo del planeta Tierra despavorido ante tanto sinsentido. Después de todo, creer que efectivamente hay algo sobrenatural o sobrehumano, tendría que concebirse como un ser vengador, agresivo y burlón, que se ríe de todo cuanto nos pasa, que permite que ocurran cosas desgarradoras, poniéndonos a prueba constantemente y eso sí que no es tolerable. Tal que así, como si fuera alguna de las vías que Santo Tomás pretende utilizar para probar la existencia de su Dios, es esta explicación alternativa para mi (una de ella, tengo más) de que no lo hay. Y me da igual que haya un paraíso esperándome en otro sitio, yo quiero el paraíso aquí, dios no debería hacer chantaje emocional. ¡Y a los creyentes se lo hace!
Hasta este punto han derivado mis pensamientos después de encontrarme en mi paseo nocturno hacia casa con una mujer con la que hablé en Atocha. Sí, mi sábado noche ha concluido con una minicita con una toxicómana. Estaba mendigando y se acercó a mí. Debo decir que iba a pasar de largo pero pronunció desde el principio unas palabras mágicas: “Soy asturiana” . Y me paré en seco. ¿Qué hace en Atocha, una asturiana toxicómana, una sábado por la noche y amenazando lluvia? Me pudo la curiosidad de conocer la historia que tendría detrás, lo que querría contarme y de cómo yo luego elegiría los datos que podrían ser ciertos o no. Pedía dinero para pagarse una habitación primero y luego para comer, que el dinero no era para otra cosa. Le dije que utilizara las monedas para lo que quisiera, ella conocería sus necesidades, no iba a pedirle explicaciones. Le comenté que éramos paisanas. Me preguntó de dónde era yo, se lo dije y se le llenaron los ojos de lágrimas. ¡Qué cursis y sentimentaloides podemos llegar a ser los asturianos emigrantes cuando hablamos de nuestra tierra! Ella es de un pueblo de la cuenca minera y tenía muchas ganas de volver porque allí estaban sus hijos, tenía dos, uno de 18 y otro de 11 años:
-¿Tú no tienes hijos?-
- Pues no…-
- Vine a Madrid a trabajar y mira cómo estoy-. En la calle.
Esta ciudad puede ser muy dura, es abierta y suele recibir bien a los forasteros pero tiene la otra cara de la moneda, puede hacerse muy difícil echar raíces en tierra de nadie. Me arrepentí de no haberme quedado más tiempo con ella, me quedé con ganas de saber más y de contarle también, de tomarnos algo juntas.
Este encuentro me hizo recordar a C. el resto del camino, una alcohólica portuguesa, que vivía en el pasadizo de Plaza de España. Cuando la conocí ya no bebía. Decía que siempre le había dado mucha vergüenza pedir dinero y que lo había hecho en contadas ocasiones. Una de ellas, fue durante el mono; se acercó a una chica tímidamente y le dijo la verdad, que era alcohólica y que necesitaba comprar un cartón de vino, si podía darle un euro, con eso era suficiente. Y la muchacha se lo dio. Aquella anécdota me hizo reflexionar, me preguntaba si yo hubiera sido capaz de darle el dinero después de detallarme para qué lo iba a utilizar, en esos momentos me creaba ciertas contradicciones morales. Después del tiempo transcurrido y haber aprendido tanto de ellos y ellas, sé que esa situación no me crearía problema alguno en la actualidad, también se lo daría sin dudarlo. La abstinencia de los alcohólicos es la más dura y peligrosa que existe, de hecho, hemos hecho desintoxicaciones con dosis reguladas de alcohol. Y, sin buscarlo, llegó a mi mente el alcohólico más entrañable que he conocido, aquel que se inventaba las mejores historias para excusar sus positivos de alcohol. Podía contarte que le habían dado un bombón de licor o que la ternera que se había comido llevaba vino blanco y de ahí el positivo del alcoholímetro. Y tenías que disimular la sonrisa para que se tomara en serio la terapia.
No sé si esta madrugada mi paisana asturiana dormirá después de haberse metido un pico que habrá conseguido después de mendigar toda la noche; tampoco sé si sus circunstancias actuales la dejarán volver a Sama de Langreo y presentarse tal cual ante sus hijos. Sólo sé que ella, como todos los demás, necesita dignidad y un acercamiento de tú a tú. Sin más (ni menos). Lo contrario sería patético paternalismo y muestra de incierta superioridad mal entendida.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Buscando en el baúl de los recuerdos

Me llevo todas las noches en vela,
el peso de tu ausencia,
tu olvido del tiempo,
la sal de tu mar.
Me arropa la yema de tu dedo,
la memoria de la intensidad,
él deseo de seguir viviendo,
las ganas de pelear.
La vida es silbar. La Kermés

¿Habéis rebuscado alguna vez en el baúl de los recuerdos? Me pasa que buceo en él cuando menos me lo espero, mientras estoy conduciendo, en medio de una conversación o en un viaje en metro. A veces, si lo abro, estoy perdida. En otras ocasiones puede provocar más de una sonrisa; porque el baúl acumula de todo, es como el bolso de Mary Poppins, está lo bueno, lo malo, lo regular, lo que es preferible olvidar y también momentos que te encantaría tener siempre presentes, pero inconscientemente, se quedan en un rincón de la memoria. Así es mi baúl de los recuerdos, caótico, ordenado, abandonado y encontrado… todo a la vez.
Cuando me da por vaciarlo, encuentro bolsitas pequeñas de esperanza, de esas que se guardan “por si acaso”; tengo también cuadernos de amistad, de esos escritos con letras mayúsculas y aniñadas; en el fondo, polvorientas, se hallan los castigos y broncas de mis padres en una caja de madera cerrada con un candado; algún desengaño; encontré más de un “lo que pudo ser y no fue” desperdigados por el baúl; había unos recipientes de cristal con lágrimas de cocodrilo; muchos olores sueltos por aquí y por allá; alguna fotografía, aunque de esas no hay muchas; un par de cojines viejos hechos jirones, de esos a los que te abrazas cuando estás triste; un sobre de vergüenza y timidez; cartas “secretas” y mails que al final no envías a nadie; muchas conchas de mar, algunas de ellas, si te las acercas al oído puedes oír un grito, unos chillidos son de dicha y otros de auxilio; hay hasta un piano olvidado en lo más hondo… Una vez me topé con mimos de abuelos, bien recogidos entre papel pinocho de color fuxia; también hay un conejo de peluche, ya muy sucio, que era mi preferido (o eso me dijeron) junto con la casa de Pin y Pon y muñecas recortables que me regalaba mi abuela. Todo esto convive con un montón de imágenes de la tele, sobre todo de Barrio Sésamo, que por cierto, no sé si lo sabéis, pero Espinete vivía en la Casa de Campo de Madrid, que me lo dijeron a muy tierna edad, pero ahora, que voy a menudo, no me lo he encontrado nunca, ¿me habrán timado? Eso cohabita a su vez con la idea de que los Reyes Magos tenían alfombras voladoras, por eso el día de la Cabalgata te los podías encontrar en varios pueblos a la vez repartiendo caramelos. Junto con la genial idea de mi madre, cuando me explicó que el club de prostitutas de mi pueblo, era realmente un club de fans de ¡Julio Iglesias! ¿Y qué hacen ahí todas las tardes, mamá? Pues van a bailar, escuchan su música y charlan de sus cosas. Fue muy convincente.
Ahora que sé hace mucho que los Reyes Magos no existen ni que el club de mi pueblo era de Julio Iglesias, me gustaría creer en algunos de los cuentos de hadas, de esos en los que todo el mundo come perdices y todas las historias, sean de la índole que sean, acaban bien. Conozco a un retoño que estrenará en breve su baúl, en el que tengo pensado meter un montón de fotografías para empezar, espero que sus recuerdos sean mayoritariamente dulces, como el chocolate que tanto le gusta a su tía.

lunes, 22 de septiembre de 2008

YA NO SOMOS INVENCIBLES

"Acaba de empezar
mi aventura en esta ciudad
y ya me he vuelto loca de pensar
que no sé donde estás
No es que te vaya a buscar,
pero verte no está de más,
y yo qué hago aquí si éste no es mi lugar
Aquí tampoco soy feliz […]
Y mis ojos tóxicos no quieren ver
ni sostener...
que ya no somos invencibles
ni increíbles
Tú y yo ya no nos queremos
y por eso no nos vemos"
Ya no somos invencibles. Tulsa. Disco “Sólo me has rozado”


Hace años leí “Crecimiento Económico con Equidad, lecciones del Este Asiático”. En su momento significó un impacto personal porque el autor, Kevin Watkins, planteaba un modelo cuyos principios se sustentaban en la erradicación de la pobreza, el crecimiento con equidad y el compromiso político. Y en la fecha en que se editó el libro, 1999, se hablaba mucho en la facultad de este tipo de cuestiones.
El caso es que tiempo después, este mundo nuestro parece no haber avanzado en ese sentido un ápice, es más, va como el cangrejo. La pobreza, según el G8, la erradicarán en el 2050… ¡ansiado año en el que marcaremos una nueva promesa incumplida! Mientras que la equidad y el compromiso político son conceptos, nuevamente, que sólo entienden unos pocos mandatarios y una pequeña parte de la población mundial. Unos porque están tan inmersos en este sistema tan desigualitario y caprichoso, que ni se plantean que pueda haber otro; y es cierto que uno de los grandes éxitos del capitalismo es que ha convencido con la idea de que es el mejor de los sistemas económicos. Por otro lado se encuentran otros millones de personas, los desposeídos, los desheredados, cuya primera preocupación la ocupa buscar qué se llevarán a la boca al día siguiente.
Por eso, entre las muchas cosas que me rondan la cabeza últimamente, me acordé del título de la canción de Tulsa, que da nombre a esta entrada. Debe ser que los comienzos del otoño, esta estación que ya empieza a adivinarse entre las temperaturas más frescas y el hecho de añadir una manta en la cama, conlleva algunas melancolías, ganas de recogimiento, cierta apatía… Y es que dicen los psicólogos que el otoño y la primavera son las estaciones más “peligrosas” para los estados de ánimo.
Tantas cosas por cambiar que imaginas que poniendo tu granito de arena, algo se hará, y te esfuerzas por combatir argumentos, intentar buscar coherencia entre la idea y la praxis, también a nivel personal, porque se predica con el ejemplo… Pero hay momentos en que no se puede más, ni política, ni personal ni vitalmente en general, como que te cansas de que las cosas no sean como uno espera, o mejor dicho, como no esperabas.
Hay una persona que a veces me dice que me revise los efectos del Síndrome de Ulises. La primera vez que me lo dijo, le contesté con una burla, pero luego entendí su sentido. Como ya sabéis, Ulises es el protagonista de La Odisea, un personaje mitológico que añoraba su casa pero no podía volver a ella. En la actualidad, este fenómeno viene representado por una serie de problemas socio-afectivos que afecta a todo tipo de inmigrantes, más allá de los problemas económicos y legales ya conocidos. Joseba Achótegui, el psiquiatra que le dio nombre a este mal, lo define como una situación de estrés límite, con cuatro factores vinculantes: soledad, sentimiento interno de fracaso, sentimiento de miedo y sentimiento de lucha por sobrevivir.
Y a lo que voy es que aprender a reconocerse en un constante estado de emergencia, de autodefensa, y a sobrevivir a los naufragios pasa factura, no cabe duda, y también agota. A veces se necesitan señales para saber que uno no está en el camino equivocado.
Ideológicamente, esta semana he tenido una señal: los periódicos anunciaban con bombo y platillo la intervención económica del gobierno estadounidense como respuesta a la crisis. ¡Anda! El país ejemplo del neoliberalismo, saltándose las normas que enunció sagradas? ¿Qué ha sido de la mano invisible? Tanto tiempo defendiendo la idea de un estado intervencionista, escuchando burlas y comentarios fuera de tono, y resulta que teníamos razón, que mala idea no es cuando la deben utilizar para que su "magnífico" sistema no se derrumbe (por el momento).
Todo pasa, todo queda…

miércoles, 21 de mayo de 2008

SOÑAR ES GRATIS

Qué lindo que es soñar,
soñar no cuesta nada,
soñar y nada más
con los ojos abiertos.
Qué lindo que es soñar,
y no te cuesta nada,
más que tiempo.
Qué hacer con tanta angustia
por cosas no resueltas,
con toda esta energía
casi siempre mal puesta.
Si pudiera olvidarme
por siempre de mi mismo
habría de encontrarme
allí en tu dulce abismo.
Kevin Johansen. “Anoche soñé contigo” dentro de su álbum “Logo”




Efectivamente, merezco una colleja, no paro de quejarme todo el rato, por eso quiero escribir esta vez en positivo. Voy a olvidar durante unos instantes que no tengo tiempo para hacer las cosas que realmente me apetecen, a olvidar que me tengo que pegar a los libros como si fueran una parte de mi cuerpo; a olvidar las dificultades para llegar a fin de mes; olvidar la ansiedad que sólo consigue solventarse con largos paseos por la ciudad, olvidar mis dudas y mis “no sé”… Las cosas son más sencillas pero tienes una tendencia inusitada a complicarlas, me diría mi pepito grillo particular. Y me quedo con esa cara de circunstancia, de “yo no he sido”.
Por la noche, la ciudad es más agradecida, se puede pensar con mayor claridad, estimula la introversión mientras sigues la cadencia de los pasos… aunque también es el momento más penetrante para las crisis, recordar los errores o aciertos del día, de la semana… Resolver lo que está por venir.
Al andar como un autómata en una noche serena, la mente queda libre para divagar y fantasear, imprimir huellas en el asfalto. Idealizar, por ejemplo, visitas a tierras exóticas donde aprendes y conoces un millón de visiones diferentes. Especular a lo grande con una revolución mundial en la que prime el bienestar de las personas, los valores humanistas y postmaterialistas y no otros. Soñar en pequeño que te esperan, que consigues lo que anhelas, que haces saber a los demás que pueden contar contigo; que la aventurera de Un sueño por mochila está en el mismo planeta que tú, pero tan lejos que la echas de menos, e imaginas que vuelve de nuevo con su sonrisa y su optimismo; suspirar ante el recuerdo de una noche, soñar que te recuerdan aunque vivas en la otra punta del país o de la ciudad; cruzarte con un músico callejero que, impredeciblemente, pone banda sonora a los pensamientos; un ritmo de percusión que te secuestra la cabeza; organizar una lavadora mentalmente, respirar hondo, xeitu y así hasta llegar a casa.

miércoles, 30 de abril de 2008

AL OTRO LADO DEL ESPEJO

A todo el mundo le gustaría desaparecer del mapa en alguna ocasión, esa sensación de sentirse excesivamente limitado, enjaulado. Y no ser ni estar, demandar un paréntesis en la existencia humana, ésa que a veces incita a que se te llenen los ojos de lágrimas, sin tener siquiera claro el por qué, cuando te invade el sinsentido. Y otras veces, esa misma condición, te estimula ante cualquier pequeño detalle y descubres que aún es pronto para darse por vencido.
Es que soy una maniática de la búsqueda de respuestas. Siempre preguntándome por qué e iniciando una pesquisa sobre el interrogante. Pero a veces el cansancio hace tanta mella que no tengo ganas de indagar ni de encontrar, dos de mis dos verbos preferidos.
En el fondo me siento como en algunos escritos a los que es proclive Airam, ésos que vuelca en Atravesando Espejos, de pose melancólica y desesperada, pero aunque no lo parezca, de una fortaleza increíble, como es ella. Pues sí, querida amiga, me quedé con ganas de continuar la serie “Para no caer”, así que ahora tengo una humilde aportación, siento no haberla hecho antes:


Para no caer,
agarrarse con fuerza a las cosas pequeñas.
A los vales para organizar la pereza,
a crear talleres por los salones.
Al olor del café recién hecho.
A que me lean el periódico,
tirada en un parque.
A tus cosquillas irrespetuosas con mi sueño,
a mi sueño, irrespetuoso con el orden.
A quererte, los ratos que puedo,
los que aún quedan.
Airam


Para no caer,
el silencio,
la búsqueda,
creer que las preguntas tienen respuestas;
escuchar las olas romper,
y dejar que la brisa limpie el espíritu.
Para no caer,
buscar refugio,
soñar que encuentras
y te encuentran;
descubrir que fue una pesadilla
e imaginar que no ocurrió de verdad.
Para no caer,
permitirse el duelo,
llorar, gritar;
expresar en libertad,
aprender de lo vivido
y no desear límites ni ataduras engañosas.